Estaba
oscuro, generalmente, los asiduos del local no quieren que les dé
demasiado la luz. Se encontraba sentado en un taburete de imitación
de piel de color rojo, sin respaldo. Había aparcado su moto a la
entrada del bar. Nada más sentarse, llamó al camarero y le pidió
una copa de su mejor whisky, un buen escocés de doce años, el
camarero, rápidamente le sirvió lo que pedía, cogió un vaso, lo
llenó de hielos y le sirvió. Cuando se disponía a retirarse, le
pidió que dejase la botella y le alargó un par de billetes como
pago.
De
repente, la puerta se abrió pero él seguía enfrascado viendo
bailar el hielo dentro del vaso y no se percató de la presencia
femenina que acababa de llegar. No era normal ver a una mujer en un
sitio como ése. Suena a cliché, pero era así; era un bar de
carretera para almas perdidas.
Tras
un rato sin prestar atención a aquella mujer, decidió levantar la
mirada. Le echó un vistazo a la chica, sonrió y volvió a su vaso.
Ella, también lo había estado observando, pero prefirió seguir
jugando con la sombrilla de su bloody mary, mientras miraba con
desdén a esos tipos que estaban sentados en una de las mesas.
De
repente, la chica pensó que había salido con sed de aventuras y
jugó una carta. Se hizo con una servilleta y le pidió a aquel
camarero, que la comía con los ojos un boli, escribió: “¿Whisky,
escocés, vaso bajo, tres hielos, 12 años? Buena elección” Se fue
al baño casi sin hacer ruido tras deslizar la servilleta con el
mensaje al bebedor de whisky.
Él,
sorprendido, recogió la servilleta que aquella mujer había
deslizado hasta su lado. Miró extrañado aquel insignificante trozo
de papel. Lo abrió y leyó la nota. En su cara se dibujó una
sonrisa canalla y miró a la mujer con cara de desconfianza y
picardía. Cogió otra servilleta, y con un simple gesto al camarero,
le pidió algo para escribir a la señorita. Comenzó a escribir algo
así como: “Sí muñeca, whisky con hielo, una moto y una como tú
para vivir una aventura. ¿Te animas?” Mientras le acercó la
servilleta doblada le guiñó un ojo y ella se ruborizó levemente.
Pese al ligero rubor adolescente que había coloreado sus mejillas se
lanzó. Nunca digas no. Y movió ligeramente la cabeza en un
movimiento afirmativo.
Tras
ese intercambio de notas, se levantaron y se dirigieron hacia la
puerta. Él la abrió para aquella señorita, y cuando ella se
disponía a salir, la agarró de la cintura y la acercó a su cuerpo.
Ella se dejó hacer, nada importaba ya. Una vez en la calle, le
ofreció subirse a su moto, ella, sin dudarlo demasiado aceptó. La
carretera y la noche les esperaba, y se alejaron por aquella
carretera desierta, haciendo rugir el motor de su moto, disfrutando
de la noche.
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