lunes, 29 de abril de 2013

La espera



“Tengo cinco años. Estoy sentado en una silla de la cocina. Visto la ropa de ir a la escuela, pero ese día no hay colegio. De repente oigo pasos en la escalera, me doy la vuelta. Mi madre baja mientras se recoge el pelo en un moño alto. Luego se coloca frente al espejo y se ajusta una pañoleta sobre la cabeza. A continuación, se agacha, coge el pañuelo grande y entra en mi dormitorio. Al momento sale con mi hermana en brazos. La coloca dentro del pañuelo que ata con maestría a su cuerpo. Me hace un gesto y yo le sigo.
Salimos a la calle, sopla una brisa tibia. Cojo de la mano a mi madre, una mano pequeña y cálida. Mi hermana duerme apoyada en su pecho. Bajamos la calle poco a poco, en silencio. Llegamos a la parada de bus. Todo está en una calma extraña.
Pasa un bus traqueteando por la calle. Mi madre no lo para. Seguimos esperando. Me pongo a jugar entrecruzando los pies. Muevo la cabeza al son de un ritmo que sólo yo escucho. Mi madre mira al infinito, una mirada perdida y ausente. Un mechón de pelo oscuro le cae por la frente, lo ignora. Mi hermana se frota los ojos en sueños.
Pasa otro bus. Hace más de diez minutos que estamos sentados esperando. No sé a qué, la verdad. Intento leer el cartel de la acera de enfrente y casi lo consigo. Mi madre se cambia el bolso de lado, me fijo que sus brazos están más delgados que de costumbre. Mi hermana bosteza y se reacomoda sobre mi madre.
Un hombre en bicicleta nos saluda. Le devolvemos el saludo educadamente. Yo empiezo a tararear una canción que me enseñaron en la escuela, mi cabeza ya se mueve a un ritmo que todos oyen. Mi madre me mira y sonríe en silencio. La miro y me doy cuenta de que parece una niña asustada, y que nosotros tenemos pinta de ser sus hermanos y no sus hijos. Mi hermana abre los ojos, pero no se mueve.
De ninguna parte aparece un bus, el tercero ya. Se para y baja un hombre. Yo me quedo mirando. Mi madre pide ayuda en silencio, se levanta agarrando mi mano. El peso de mi hermana en el pañuelo es excesivo para ella. Mi hermana ahoga un lloro. El hombre se acerca, entrecierra los ojos.
Yo le sigo observando, curioso. Mi madre está inmóvil como una estatua, puedo observar sus piernas fuertes y su espalda. Ha adelgazado imperceptiblemente. Mi hermana clava sus ojillos oscuros en esa persona. El hombre da un paso decidido y se acerca a madre.
Me aburro, no sé qué pasa. Mi madre sigue en la misma posición, a la vez recoloca a mi hermana. Noto, por sus gestos, que le empiezan a doler la espalda y las piernas. Mi hermana empieza a chuparse el dedo, aburrida. El hombre da otro paso y besa a mi madre en los labios, con ternura.
No puedo dejar de mirar. No entiendo nada. Me llama poderosamente la atención. Mi madre acepta el beso y le corresponde. Sus labios finos y sus ojos asustados se relajan, ya no está en este planeta. Mi hermana se ha vuelto a dormir, ajena a ese gesto extraño. El hombre mira a mi madre con ojos embelesados.
Yo llamo a mi madre y le miro con ojos interrogantes. Mi madre se vuelve hacia mí, no habla y mira al desconocido. Se le mueve la pañoleta y puedo ver su pelo un segundo. Se la vuelve a colocar. Mi hermana se despierta de nuevo. El hombre me mira y sonríe, me pregunta si quiero saber un secreto.
Respondo que sí. Mi madre afirma con la cabeza. Alivia el peso de mi hermana con una mano, miro sus pies. Están encogidos dentro de los zapatos, está nerviosa. Mi hermana balbucea. El hombre dice tres palabras, soy vuestro padre. Acto seguido coge a mi madre de la cintura y a mí de la mano. Volvemos a casa.
Consigo leer el cartel, dice: lucha por tus ideales, pero recuerda que siempre hay alguien que te espera cuando quieras descansar. No lo entiendo bien, será esa guerra de la que oigo hablar. Mi madre está feliz, sonríe; igual que él. Veo unos dientes blancos y unas pequeñas arrugas. Me doy cuenta de que en realidad no es una niña asustada. Analizo con cautela al hombre que proclama ser mi padre. Me parece agradable. Tiene pinta de haber luchado y tener a alguien con quien descansar. Me gusta lo apropiado del cartel. Mi hermana ríe, su primera sonrisa. Me siento mayor, pero sólo tengo cinco años.”

sábado, 27 de abril de 2013

Tan sólo tres pasos II

Aquí está la segunda parte de la entrada que publiqué hace una semana.



Cogí un abrigo y salí a pasear, quería oler la ciudad una vez antes de despedirme para siempre. Luego me senté en un parque y escribí, lloré, escribí y volví a llorar. A continuación volví a casa y me acosté junto a ella no sin antes esconder mi escrito dentro de su diario que guardaba en la mesita de noche. Al día siguiente empezaba el principio del fin.

Me han dado tres meses, sólo tres meses. Y acaba de empezar la cuenta atrás, apenas tengo esperanzas, y una es ella. Noto que mi vida se apaga, gota a gota, segundo a segundo. Pero ella sigue ahí, no es capaz de despegarse de mi lado. La quiero más de lo que quiero admitir y es por eso que le pido que haga su vida, que disfrute. Pero no me escucha, simplemente se cierra en banda.
De repente, un pitido alerta a la planta de enfermeras. Todo el mundo se mueve como movidos por una canción muda, simplemente un segundo y todo cambia. Deciden hacerme pruebas, las cosas no van bien. Llevo tan solo dos sesiones de quimioterapia, aunque no me sirve de nada, quizás el final ya está muy cerca, más de lo que espero.
Una luz, una simple luz. Lo siento, y necesito aferrar su mano. Saber que ella siente que estoy consciente y que me quiero despedir. Todo fue muy rápido y muy tranquilo, más de lo que me esperaba. Y, antes de que darme cuenta, todo ha pasado. Pero me fui sonriendo, estoy feliz porque el mundo me había dejado disfrutar unos años de una de las personas más maravillosas  del mundo.
Ya había pasado todo, por fin regresaba a casa. Necesitaba depositar todas aquellas emociones en algún sitio, su diario. Lo abrió y allí, había un sobre, dentro de él, unos papeles cuidadosamente doblados. Eran de él, explicaba todo, ahora entendía tantas cosas que habían pasado estos meses. La última de sus frases le hizo esbozar una sonrisas, rezaba así: “Tú, y nada más, tú y todo lo demás. Has sido mi mundo, disfruta. Te quiero”  
Estrechó entre sus brazos aquellos papeles, eran su esencia, no podía dejar de llorar, sobre la cama, sobre aquella cama...

Fin

viernes, 19 de abril de 2013

Tan sólo tres pasos I

Aquí os traigo la primera parte de otra historia en colaboración con un amigo que lleva este blog http://textosyotraszarandajas.blogspot.com.es/ que espero que os guste. Y, sin más preámbulos, os dejo la primera parte.


Tengo cáncer. Sí, suena duro decirlo, pero es aún más duro, que la persona más importante de tu vida, no tenga ni la más remota idea de que tu final está cerca, más cerca de lo que imaginas. Puede que pasen días, semanas o meses, pero pronto acabará todo, ya no hay más remedio, no hay solución. Mientras escribo esto, oigo su risa, no para de reír, está viendo una película.

Creo que esto, hoy, termina aquí. Ella ya se está acercando, no puede saber nada de esto, lo descubrirá cuando ya sea inevitable. No puedo hacer que cargue con mi cruz, no puede dejar de vivir por mí.

La conocí cuando apenas teníamos quince años, desde entonces siempre hemos estado juntos. Me complementa, me mejora. Es única. Siempre me hace reír, y... que queréis que os diga, despertarse cada mañana a su lado es un regalo. Pienso, que ya he recibido muchas cosas en esta vida, por eso ahora, no tengo miedo.

Es posiblemente nuestra última noche, quiero que sea algo especial, bueno, con ella siempre es especial. Mientras cenamos, se mancha la barbilla con la salsa, yo como un buen chico, me ofrezco a limpiarlo, y me quedo embobado, con mi mano sobre su cara, los ojos como platos. Es tan perfecta, sus ojos tienen tanta vida... creo que en parte eso me ha hecho luchar, siempre ha tenido esa fuerza y lo más importante, la ha compartido conmigo.

Le propongo ir al dormitorio, quiero dormir mi última noche, mis últimas horas, a su lado. Pronto se duerme. Paso unas cuatro horas observando cómo respiraba acompasadamente, viendo como sus anhelos se hacían realidad en sus sueños. Era sin duda, lo mejor de mi vida. Me levanté. Coloqué su pelo tras su oreja, le di un beso en la mejilla, la miré por última vez, mientras una lágrima recorría mi mejilla al cerrar la puerta de la habitación. 

Continuará...
 

domingo, 14 de abril de 2013

Riga



Hoy os traigo un pequeño texto sobre Riga, la capital de Letonia. Para entrar en materia un poco de contexto. Letonia es, junto con Lituania y Estonia, uno de los tres países bálticos, que hasta 1991 pertenecían a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Su capital no tiene más de 700.000 habitantes y permite viajar de la Edad Media al pasado soviético, pasando por el Art Nouveau de los locos años veinte en apenas un recorrido de ocho horas.

En realidad, todo esto le dota de un encanto especial, aunque en gran parte la ciudad es una desconocida. Además, sólo lleva día y medio conocerla con profundidad y admirar sus pequeñas joyas.

Entre ellas destacaría la iglesia de San Pedro donde recomiendo subir en el ascensor que lleva a la torre y observar las vistas desde allí. El barrio Art Nouveau, en realidad está por todas partes y en cada edificio, pero hay tres calles donde abunda y, además, dedicar un rato al museo dedicado a él. Se trata, simplemente, de la antigua residencia de uno de los principales arquitectos letones; pero conserva toda la decoración de la época. También, pasear por su casco histórico sin prisa, deteniéndose a mirar cada edificio porque todos tienen una pequeña magia especial. Aparte, cabe mencionar la plaza del ayuntamiento con la estatua dedicada a San Jorge y la Casa de la Cabezas Negras (no sé si es una traducción correcta) o la iglesia ortodoxa.

Sin embargo, mencionar que, en contraposición a Tallin de la cual hablaré más adelante, su pasado soviético está más presente. Por ejemplo, el museo a la guerra o el monumento a la liberación, por no hablar del Museo de la Ocupación, al cual no pude entrar porque estaba cerrado por obras.

Pese a todo, es una ciudad que recomiendo para realizar un tour de diez días por las tres capitales bálticas (Vilna, Riga y Tallin) y disfrutar de un pasado que no está tan lejos como puede parecer.


martes, 9 de abril de 2013

Cerca e trova



Un golpe seco, eso le despertó. ¿Qué había sido ese ruido? Bah, se dijo, déjate de películas, seguro que han sido los gatos. Malditos bichos, a ver cuándo se los llevaban de una vez. Se volvió a dormir, pero no pudo. Ahora era el teléfono, parecía que el universo confabulaba para no dejarle descansar.
Se levantó a tientas y lo cogió, ¿desde cuándo pesaba tanto el cacharro ese? Al otro lado pudo percibir la voz de Ezio, habían pasado meses desde que contactaron por última vez. Y nunca llamaba si no era por una razón de peso, escuchó tranquilamente. Al menos merecía la pena la llamada. Ezio le dijo en pocas palabras que si podían verse mañana para dar una vuelta a mediodía. Ella le dijo que por supuesto que sí, no lo dudaba.
Al día siguiente se reunió con él como una turista más en el centro de la ciudad. Ambos eran italianos que escaparon por poco y se asentaron en España, y ambos habían caído de casualidad en ese submundo. Una vida paralela donde todo estaba mezclado; pero muy claro, casi demasiado. Hoy, en esa calurosa mañana de agosto, Ezio le trajo un papel con unos nombres y unos sitios. Sólo le dijo tres palabras, su clave: “Cerca e trova”.